- ¡Dame tu mano!¡No mires atrás!¡Corre! ¡Te estoy vigilando!.
Agudas, suaves, rotundas y distintas resonaban esas voces en sus oídos.
Le impedían percibir los trinos, el ulular del viento, la risa del agua. Era
incapaz de hablar o escuchar a nadie. En su mente solo retumbaban esas voces
caprichosas.
-
¡Calla! ¡No te muevas! ¡Cierra los ojos! ¡Olvidate!
Se quedó perdido en ese ilógico diálogo, que fue lo único que llenaba sus
días en aquel soleado manicomio.

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